Me parece ridículo titular este post de esta manera porque realmente me daría pena si lo leyera una persona que ha sobrevivido a la guerra cuando era niño o a la violencia infantil en alguna de sus formas.
Pero un psicólogo diría que cada persona se arma su historia en función de sus vivencias propias y para mí, que afortunadamente puedo decir tuve una infancia bastante rosa, más bien tirando a los extremos de encerrada en bola de cristal de árbol de navidad, lo que les voy a contar puede etiquetarse de trauma porque sus sensaciones me persiguen hasta el día de hoy.
En una de las tardes deportivas de mi Colegio, como en todo evento de ese tipo les dio por dar como premio pollitos pintados de colores (cosa que siempre me pareció una crueldad para con esos pobres bebés emplumados).
Justamente por eso, y porque en general los emplumados me parecen lindos vistos desde la tierra y hacia el aire o en foto pero las plumas me producen una cierta repulsión y las patitas me dan grima, no me anoté en el juego para ganar pollitos.
Algunos de mis amigos ganaron pollitos, hubo uno tan responsable al que se le convirtieron en grandes aves que vivieron por mucho tiempo en un corral en su jardín. Pero hubo otro que no prestó atención a su pollo, lo dejó tirado y alguien se le sentó arriba y lo degolló. Pero como si esto fuera poco el niño comenzó a jugar bromas con su pollito degollado y yo caí redondita victima de una de estas bromas.
Con los ojos cerrados esperando una sorpresa tendí mi mano en la que cayó el cuerpo del pollito con la cabecita partida pendiendo al vacío desde un lado de mi mano. La sensación fue tan desagradable y la visión al momento de abrir mis ojos con el sonido de risas de los otros niños que me hacían círculo tan viva en mi recuerdo que la verdad no puedo sino llamarlo trauma infantil.
A pesar de saber que ya el pobre pollo había pasado a mejor vida fui incapaz de retirar mi mano y lanzarlo al piso… me quede petrificada, viendo aquella criaturita inocente y pidiendo a gritos casi llorando que alguien me lo quitara de la mano.
No sé como terminó la escena. Supongo que alguien se apiadó de mí y lo metió de nuevo en la bolsita marrón. No se que harían con el pollito. Lo cierto es que después de esa experiencia quedé traumatizada.
No puedo ver ni a metros de distancia las plumas espelucadas de algún ave que tuvo la mala fortuna de ser arrollada o comida por un gato porque les juro que se me revuelve el estómago y prácticamente vomito e inmediatamente el pollito degollado vuelve a mis manos y a mis ojos como si hubiese ocurrido ayer.
Les cuento esto porque acabo de revivirlo hace 5 minutos. Bajé a buscar una cosa a RRHH y cuando volteo hacia el jardincito interno que me lleva a ese lado de la oficina veo nada más y nada menos que a un pajarito espelucao tendido en el suelo. Con el acidito en la garganta y los escalofríos recorriéndome el cuerpo fui directamente a la oficina más cercana a pedirles que llamaran a Thomás (el handyman de aquí) para que quitara el cadáver de allí.
No solo la sensación es horrible sino que tengo la “fortuna” de que ante cada nuevo episodio de muertes de aves, se me vengan en secuencia de imágenes cual un “flash back” de LOST: primero el pollito originario del trauma, las plumas salientes de la rendija de una cañería de mi colegio en el que algún simpático echó el cuerpo de otra paloma muerta, la paloma entrinchada en las puyas anti-palomas de la torre de la Plaza San Marcos, también la que pisó un carro delante de nuestros ojos y que vimos completita pasar bajo la rueda de una Land Rober (los míos y los de Ludo yendo hacia mi antigua casa) y más recientemente una que estaba vuelta leña con las dos alas abiertas y la cabeza desangrada enfrente de la entrada a la guardería temporal de Luna durante el verano… a esta secuencia se le sumará el pajarito de hoy en la próxima oportunidad que tenga la desgracia de toparme con un plumífero muerto… que horror! Todavía me sube el escalofrío por la columna vertebral.