Ahhh mi viejo y amado blog, cuanto abandono... como me gustaría volver a ti con la misma pasión. No, no es falta de tiempo, es... no sé que es...
Mi vida ha cambiado tanto. A veces siento que por fin crecí y por eso me liberé de esa necesidad que tenía de escribir para aprender...
Ya no soy la madre perdida que buscaba consejo ante cada situación nueva... la maternidad se ha instalado en mi rutina y las etapas son eso, estapas, nada es permanente la vida evoluciona.
Me siento un poco más dueña de mi vida y aunque no estoy libre de miedos creo que he aprendido a manejarlos sin paralizarme, sin buscar aprobación o empatía. He aprendido a aceptarme tal y cual soy... a tratar de trabajar mis puntos más débiles y a explotar aquellos en que soy fuerte... susto eso es lo que llaman madurez, es eso no?
Estoy aquí en este instante porque alguien me pregunto por mi blog... y me acordé que fue una linda etapa... contra todo pronóstico y ante todos los riesgos que ésta vida pública implica corrí con la suerte de encontrar gente maravillosa... gente a quienes hoy considero mis amigos, a pesar de nunca haberlos visto en vivo y directo. Pero cuando lo he hecho, cuando la vida 2.0 se ha cruzado con la vida real, nunca me ha decepcionado.
Hoy me ocurrió algo interesante. Estaba en un seminario, éramos 6 participantes con background diferentes, experiencias diferencias, poco o nada en común, y a la vez mil cosas en común... se suponía que el tema era personal branding, como posicionarse en éste mundo ultra competitivo y como diferenciarse... y lo más divertido fue que los 6 coincidimos en que lo que nos había cambiado era justamente el mundo. Ya lo que antes era hoy no es y todos tenemos la necesidad de aportar algo a ese cambio inevitable... pero el que y el como es la cuestión del momento.
Hay una antagonía bien interesante en este mundo, por un lado la violencia, la crueldad parecen estar cada día más presentes, pero por el otro la gente está perdiendo el miedo de ser quien es, de dejar caer las máscara.
Coincidiamos todos en el principio de tratar de llevar vidas en donde la satisfacción y la familia sean valores fundamentales pero a la vez contando con trabajos que nos apasionen y que podamos ejercer en armonía con nuestros intereses personales. Estos conceptos que antes eran utópicos o solo pertenecían a unos poquitos locos ( entre los que me incluyo) son sorprendentemente más y más asumidos por la gente... ante tanta barbarie, la calidad de vida a pasado a ser un valor fundamental... y ya no son estudiantes idealistas fumándose un porro mientras escuchan música en las innumerables noches de la época estudiantil quienes hablan de ello. Hoy me sorprendió ver padres de familia, padres de veinteañeros o adolescentes cincuentones, quienes admiran en sus hijos esa búsqueda de calidad de vida y ese divorcio del sacrificio por el sacrificio... sin ser flojos, porque además lo que resalta de esta generación de relevo es su interés por sentirse apasionados por lo que hacen y esa perdida del miedo al cambio.
El antagónismo que mencionaba antes me hace pasearme diariamente entre la desesperación y la esperanza... suena a locura pero por cada decapitado por los salvajes del EI veo muestras de humanidad palpables... salvo ciertos fenómenos que se niegan a cambiar, los políticos, el resto del mundo está viviendo una verdadera revolución en la que conviven la superficialidad y la profundidad... pero la segunda esta buscando formas creativas de abrirse un camino...
Hablo de todo y de nada... no se si éste sera e primero de una serie de post o si fue simplemente un ataque de nostálgia pasajero... veremos.
Mostrando las entradas con la etiqueta Revoluciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Revoluciones. Mostrar todas las entradas
jueves, febrero 05, 2015
viernes, marzo 04, 2011
Revolución para niños
Por Vladimiro Mujica
Tal Cual Digital 4 de Marzo 2011- Aqui opinan
Mi nieta de seis años le preguntó a su papá qué era la revolución. El origen de la pregunta no fue la escuela, ni alguna clase de adoctrinamiento especial dictada por zelotes bolivarianos, como algunos padres, sin que les falte mucha razón, temen que ocurra. No. Fue una de las mortalmente aburridas chácharas interminables que ocupan desde hace un tiempo el espacio de las radios comunitarias. Todas ellas están infectadas de narrativas "infantiles" cubanas, con alguna participación de la colonia cultural en que se ha convertido Venezuela, extremadamente ladillas, tremendamente retorcidas. Cuentos revolucionarios, fábulas revolucionarias, fantasías revolucionarias, radiadas continuamente como una letanía.
Mi hijo me pasó el encarguito de responderle a la niña y yo he estado pensando en qué decirle. Termino por concluir que el asunto puede ser de interés para otra gente y me decido a compartir mis pensamientos con los lectores, pocos o muchos, de estas notas. Quizás debería comenzar expresando que cuando yo era un adolescente la palabra revolución tenía para mí un sentido mágico e intrínsicamente positivo. Yo crecí admirando la condición de ser revolucionario y me costó un conflicto interno muy sustancial aceptar, primeramente, que había revoluciones "buenas" y revoluciones "malas". Que las buenas presuntamente apuntaban a mejorar la vida de la gente y las malas la empeoraban. Más adelante aprendí que detrás de la imagen de un revolucionario había un ser humano cargado de defectos y virtudes como los demás. Otro paso, y entendí que muchos revolucionarios de fachada en realidad tenían agendas propias de poder. Otro paso más, y entendí que en verdad lo que caracteriza a una revolución es que es un proceso que trastoca las reglas, los paradigmas existentes. Que las revoluciones inventan su propia legalidad y que, con horrenda frecuencia, los procesos revolucionarios terminan sencillamente en el reemplazo de un grupo de malos en el poder por otro grupo de malos que se aprovechan de la desesperación de la gente por las acciones del primer grupo de malos que termina desplazado por el segundo.
Así las cosas no he dejado de creer en la magia de las revoluciones, pero ahora me siento más inclinado hacia las revoluciones del pensamiento. En el terreno social creo en la desobediencia civil como mecanismo para salir de las tiranías. En verdad estas pueden conducir a verdaderas revoluciones sin el riesgo de que las sociedades caigan en manos de una nueva oligarquía revolucionaria. Pienso en nuestra versión criolla, dizque bolivariana, dizque robinsoniana, dizque zamorana y me encuentro con todos los ingredientes de una gigantesca farsa histórica. Nuestra triste revolución nos ha hecho peores: más pobres, más corruptos, cada vez más dependientes de la voluntad de la oligarquía chavista.
Trato de encontrar un punto de equilibrio en la historia para la niña y me doy cuenta de que he terminado por escribir una historia para adultos. Quizás sea porque los asuntos complejos de una sociedad, así como las historias de la muerte, requieren de un grado de madurez mental que impide escribir textos revolucionarios para niños. Salvo para intentar manipularlos. Por ahí voy y no he respondido la pregunta.
Me pareció super interesante.
Tal Cual Digital 4 de Marzo 2011- Aqui opinan
Mi nieta de seis años le preguntó a su papá qué era la revolución. El origen de la pregunta no fue la escuela, ni alguna clase de adoctrinamiento especial dictada por zelotes bolivarianos, como algunos padres, sin que les falte mucha razón, temen que ocurra. No. Fue una de las mortalmente aburridas chácharas interminables que ocupan desde hace un tiempo el espacio de las radios comunitarias. Todas ellas están infectadas de narrativas "infantiles" cubanas, con alguna participación de la colonia cultural en que se ha convertido Venezuela, extremadamente ladillas, tremendamente retorcidas. Cuentos revolucionarios, fábulas revolucionarias, fantasías revolucionarias, radiadas continuamente como una letanía.
Mi hijo me pasó el encarguito de responderle a la niña y yo he estado pensando en qué decirle. Termino por concluir que el asunto puede ser de interés para otra gente y me decido a compartir mis pensamientos con los lectores, pocos o muchos, de estas notas. Quizás debería comenzar expresando que cuando yo era un adolescente la palabra revolución tenía para mí un sentido mágico e intrínsicamente positivo. Yo crecí admirando la condición de ser revolucionario y me costó un conflicto interno muy sustancial aceptar, primeramente, que había revoluciones "buenas" y revoluciones "malas". Que las buenas presuntamente apuntaban a mejorar la vida de la gente y las malas la empeoraban. Más adelante aprendí que detrás de la imagen de un revolucionario había un ser humano cargado de defectos y virtudes como los demás. Otro paso, y entendí que muchos revolucionarios de fachada en realidad tenían agendas propias de poder. Otro paso más, y entendí que en verdad lo que caracteriza a una revolución es que es un proceso que trastoca las reglas, los paradigmas existentes. Que las revoluciones inventan su propia legalidad y que, con horrenda frecuencia, los procesos revolucionarios terminan sencillamente en el reemplazo de un grupo de malos en el poder por otro grupo de malos que se aprovechan de la desesperación de la gente por las acciones del primer grupo de malos que termina desplazado por el segundo.
Así las cosas no he dejado de creer en la magia de las revoluciones, pero ahora me siento más inclinado hacia las revoluciones del pensamiento. En el terreno social creo en la desobediencia civil como mecanismo para salir de las tiranías. En verdad estas pueden conducir a verdaderas revoluciones sin el riesgo de que las sociedades caigan en manos de una nueva oligarquía revolucionaria. Pienso en nuestra versión criolla, dizque bolivariana, dizque robinsoniana, dizque zamorana y me encuentro con todos los ingredientes de una gigantesca farsa histórica. Nuestra triste revolución nos ha hecho peores: más pobres, más corruptos, cada vez más dependientes de la voluntad de la oligarquía chavista.
Trato de encontrar un punto de equilibrio en la historia para la niña y me doy cuenta de que he terminado por escribir una historia para adultos. Quizás sea porque los asuntos complejos de una sociedad, así como las historias de la muerte, requieren de un grado de madurez mental que impide escribir textos revolucionarios para niños. Salvo para intentar manipularlos. Por ahí voy y no he respondido la pregunta.
Me pareció super interesante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

