La verdad que ya hoy ando más bien descontando horas para el fin de semana. Muerta del agotamiento pero feliz.
Me parece que la semana ha durado como 10 días en vez de 5.

El lunes y martes con bastante trabajo en Dublín, bastante movimiento de materia gris mientras me dedicaba a mis labores de traductor simultaneo especializado entre mis dos segundas lenguas, porque no era suficiente con poder traducir las palabras de francés al inglés y viceversa sino entender a fondo el proceso descrito sus causas y consecuencias, muchas veces complicado o ambiguo y con bastante de informática, contabilidad y lógica metidas en el camino. Una tarea agotadora por si sola que, medido en niveles de cansancio, me multiplicó por 2 las 16 horas de trabajo de esos días. Si a eso le agregamos lo retrasos en el aeropuerto, las almohadas duras y la alarma de incendio podemos imaginar mi estado de agotamiento del martes en la noche cuando puse pié en casa.
Pero como si fuera poco, coincidió esta semana cargada, con una de las semanas más difíciles que hemos vivido con Luna…
A la pobre ahora como que si le está saliendo una muelita y la molesta muchísimo y además está atravesando una etapa angustiosa de los 9 a 11 meses en los que se empiezan a dar cuenta de que se duermen y se despiertan y que cuando eso pasa están solitos… así que anda estresada y le tiene como miedo al sueño, entonces lucha y lucha contra el sueño hasta que este la vence y la agarra en las posiciones más angustiosas. Anda irritable y con los horarios y los humores alteraditos.
Pero como nada es 100% malo…para hacerme sobrevivir mejor estos días difíciles y de poco sueño (porque no solo es Luna la que no duerme), esta semana también coincidió con la visita de David y su esposa Miroslava.

Nos reencontramos gracias al polémico Facebook.
David fue parte de mi vida durante tal vez el mismo número de años que llevábamos ya sin vernos. Sin embargo, por esos milagros que solo pueden atribuírsele a la verdadera amistad, el reencontrarnos ha sido tan natural.
Es como si los 18 años que nos separan del momento de nuestra graduación de bachilleres de la en aquellas épocas en que todavía existía la República de Venezuela a secas, se hubiesen quedado suspendidos en el aire.

Crecimos juntos. Por mucho tiempo yo más alta que el y que los otros dos compinches. Aprendimos a bailar merengue juntos. Hicimos trabajos y proyectos escolares juntos. Descubrimos juntos las primeras computadoras personales, esas de pantalla negra y con un cursor verde que titilaba, y que afortunadamente el papá de alguno del Grupo había adquirido para uso personal. Jugamos béisbol y dominó juntos. Lanzamos aviones por el balcón. Nos reímos de profesores y de nosotros mismos juntos. Comparamos resultados al salir de los exámenes. Nos pusimos bravos y contentos miles de veces.
A falta de hermanos tuve a mis amigos de infancia. Crecimos tan juntos que ni siquiera la adolescencia nos confundió los cariños. Eramos simple y llanamente panas pero de los de verdad.
Las obligaciones universitarias, las nuevas amistades y la distancia que estás dos últimas producen, fueron mandando al congelador esas amistades.
Un día cualquiera de este año recibí con gran sorpresa una solicitud de amistad del “hermanito” menor (hoy en día un hombre hecho y derecho casado y con hijos) de uno de esos panas de infancia. Estaba nueva en el Facebook y aún no veía el potencial del asunto ni entendía como se encontraba a la gente. Este contacto me llevó a mis amigos desaparecidos, pero amigos del alma. Esos que guardé en el cofrecito destinado al San Luis, en mi corazón.
Un par de mensajes por el Facebook, un par de veces en el Messenger y la fuerza de esas vivencias y el sonido de esas risas lejanas, produjeron el calor suficiente para derretir el congelador entero en donde estuvieron guardadas durante tanto tiempo.
Al verlo con su esposa y sus maletas en frente de la puerta de mi casa en Bélgica fue como ver a mi amigo de siempre llegar a estudiar a mi casa de San Luis. Fue como abrirle la puerta a un día cualquiera de aquel pasado lejanísimo en que llegaba como siempre son una sonrisa a sabotearnos el estudio con su tamboreo de lápices y mesas que yo llamaba “el complejo de baterista”...
Hemos hablado, reído, ojeado las fotos del viaje de 5to año a Guayana, repetido las mismas imitaciones del Profesor Plata que tantas veces nos hicieron reír en la época… hemos imitado a las gallinas que volvían loco al mismo profe. Recordado el inolvidable día en que me botaron de salón….a mi la más buenecita de la clase por no decirme galla… y de manos del mismísimo profesor más temido de todos los tiempo, el cargo: “supuesto encubrimiento” porque como era tan buena el Profesor no pudo creer que en efecto había sido yo la que lancé la goma de borrar hacia la cartelera…del ataque de risa cortado que le dio al coordinador cuando me vio a una semana de la graduación pisando por primera vez la coordinación botada de la clase del Prof. Plata, nada más y nada menos…

Nos hemos reído del pasado y alegrado por nuestro presente… me alegra tanto verlo feliz con su esposa como al él verme disfrutar de mi bebita y mi esposo belga.
En un chateo planificatorio de este viaje y en la que nos dio por ponernos filosóficos…ambos llegamos a la conclusión que esa soltura con la que se nos da la comunicación después de tantos y tantos años, tantos y tantos amigos nuevos, tantos países, tantos trabajos, se debe a que los amigos de la infancia tuvieron el privilegio de conocer nuestra verdadera esencia. Eso que realmente somos, no lo que nos hemos vuelto con el transcurrir de los años. Reencontrarlos es reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos.
Cuando se vayan mañana me voy a quedar con un huequito en el alma… pero con la alegría de poder decir, que lo más bello que me llevaré a la tumba el día que eso llegue…será la llenura en el corazón que produce el saber que en algún lugar de Jalisco (de Houston, de Atlanta, de Caracas, de Madrid, de Miami, etc,etc,etc) hay un AMIGO(A) que aunque no me vea cada día siempre se acuerda con cariño de OTRA a la que la vida la mandó para Bruselas…